Cuando nos despertamos, el jardín todavía estaba allí

Tsinandali Alexander Chavchavadze Museum and Garden

Reconozcamos que el íncubo de la pandemia ha traído a nuestra memoria imágenes terribles, temores colectivos anidados en el subconsciente, recuerdos del pasado leídos en viejas crónicas que han vuelto a renacer en periódicos y televisiones. Las lejanas referencias de las pestes medievales, la debatida gripe española, los ataques de bacterias y virus que en los últimos tiempos han enseñado periódicamente su tétrica patita debajo de la puerta, como en las pesadillas de los cuentos infantiles.

Para mí, persona del jardín, la referencia que me ha venido permanentemente a la cabeza ha sido un clásico literario, el Decamerón de Giovanni Bocaccio. Tras la descripción terrible de la mortandad en las ciudades y la enumeración cruel de las actitudes que frente al terror adoptaban unos u otros, desde los más piadosos a los más inmorales, presentaba la perversa contradicción que justificaba el libro: la enfermedad enseñoreada en las ciudades y el grupo de jóvenes escapados a la naturaleza de la montaña y el placer del jardín donde, indolentes, pasaban el tiempo contándose historias jocosas.

El Jardín como reducto de paz

El jardín aparecía en los lectores del Decamerón como el reducto de paz frente al caos, la vida segura frente a la certeza de la muerte. Allí se producía el retiro, en “un palagio con bello e gran cortile nel mezzo, e con logge e con sale e con camera, tutte, ciascuna verso di se bellissima, e di liete dipinture ragguardevole et ornata, con pratelli dattorno e con giardini maravigliosi” [una casa con bello y grande patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas todas ellas bellísimas y adornadas con encantadoras pinturas dignas de ser miradas, adornada con pradillos en torno y con jardines maravillosos”].

No había entonces, cuando Bocaccio escribía, lo que hoy llamamos jardines públicos. La función que hoy cumplen los parques se encontraba alojada en aquel tiempo en los escasos prados comunales de los límites urbanos o en los cultivos agrícolas que, a veces, eran ocupados por los habitantes de las ciudades para reuniones o festejos.

Esta rara amenaza del Covid-19 nos ha enfrentado a una realidad inesperada, el jardín público no ha podido ser ese refugio amable frente al peligro que en nuestro imaginario del pasado cumplían los jardines. Los gestores de la pandemia se han visto obligados a cancelar el ingreso, a cerrar los parques, porque el jardín público podía ser lugar de contacto, de multiplicación de los contagios. En una primavera extraña, la vida en los jardines históricos se ha comportado con ignorado esplendor: floraciones no vistas, sombras y aromas no visitados, fauna libre ante la insólita soledad de los sitios. Los responsables de los jardines han tenido que elaborar estrategias para las que no estaban preparados, manteniendo en óptimas condiciones maravillas que no podían verse, programando trabajos de jardineros que tenían que observar precauciones distintas de las habituales, efectuando gastos no previstos sin contrapartida alguna de ingresos económicos.

Park of Pena, Valley of the Lakes © PSML Luis Duarte

El ansia por el placer de la naturaleza

Con el tiempo, pasado el momento de mayor peligro, cuando las sociedades han desarrollado medidas de protección y se ha liberado la movilidad, ha aparecido un nuevo fenómeno: el ansia de las poblaciones por el placer de la naturaleza, especialmente por la cercana naturaleza de los parques públicos y los jardines. La paulatina recuperación de la movilidad ha despertado a paseantes que antes nunca paseaban, a multitudes de amantes de la naturaleza que antes apenas recordaban que existía. Y el jardín ha vuelto a cumplir su amable función.

Se han abierto de nuevo los jardines prestando a los ciudadanos su benéfico sentido. Si el enigmático personaje de Augusto Monterroso, en el relato más breve de la historia de la literatura, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, de la misma manera, la gente está despertando de la pesadilla y descubriendo que los jardines están todavía en el mismo lugar donde estaban. Ofreciéndose. Abiertos de nuevo para el solaz y el disfrute de la paz y la belleza. Aunque todavía, durante un tiempo, tengamos que hacerlo con una incómoda mascarilla.

He descubierto con placer que esa tela no impide que llegue hasta nosotros el olor de las flores.

José Tito Rojo

Presidente del Comité Cientfífico del Itinerario Europeo de Jardines Históricos (IEJH)